Para Omar Calvillo La Calle de Los Pasos es un camino trazado con expiaciones, apisonado por peregrinos y pavimentado con piedras, es un hilo conductor que va desde el Templo de San Francisco hasta el Calvario, es un transitar entre capillas y ermitas, entre la quietud y el frescor de adobes agraviados por sismos, vetustas puertas, herrumbrados barrotes, alguno que otro parroquiano que curioso se asoma a la ventana y charcas que reflejan su letargo e irreverencia al paso del tiempo.

Hacer un recorrido por esta tricentaria calle es aproximarse a la historia de nuestra Ciudad escrita con piedras, adobe y hierro. Es hablar de devoción, de urbanismo, de arte, de manifestaciones culturales y religiosas que se han quedado impregnadas en los muros y los empedrados junto con el incienso de los días grandes y con los aguaceros del fin del estío.

“La Calle de Los Pasos” conjuga en sus más de mil metros de longitud, todas las expresiones que han convertido a La Antigua Guatemala en una ciudad única, en un paraíso de formas, texturas y estilos. Desde la Capilla-Hornacina de Nuestra Señora de la Luz, colocada en tiempos del primer arzobispo de Guatemala Fray Pedro Pardo de Figueroa, hasta la hermosa valva expuesta de la fachada de la Ermita del Calvario, recorrer esta calle es una experiencia inolvidable.

Dominada en su inicio por la majestuosidad del templo de los franciscanos, “La Calle de Los Pasos” se abre a partir de las capillas posas del atrio seráfico, convertidas después en las capillas de la segunda y tercera estación del Santo Viacrucis.

La referencia de los 1352 pasos que Cristo caminó hacia el Monte Calvario a partir de la fortaleza Antonia y, el vínculo de la orden de San Francisco de Asís con la Tierra Santa, hacen que no sea una casualidad que en este lugar se inicie el camino hacia El Calvario.

Por tradición oral se ha vinculado esta calle a la existencia del Santo Hermano Pedro de San José de Betancourth, quién murió en 1667, 24 años antes de que las capillas se inauguraran oficialmente, sin embargo se sabe que ya desde mucho antes, quizás a principios del siglo XVII ya estaban marcadas las estaciones con cruces de madera.

En el trazo de 1543, la Ciudad comprendía 42 manzanas, siendo sus limites al norte la Alameda de Santa Rosa, al oriente la Concepción, al poniente Santa Lucía y al sur San Francisco. Hasta entrado el siglo XVII la Ciudad crece, especialmente hacia el sur permitiendo el desarrollo urbano de la que hoy en día es “La Calle de Los Pasos”.

La llegada de la orden de San Felipe de Neri, en el tercer cuarto del siglo XVII y su asentamiento en el antiguo templo de la Veracruz, fue haciendo de la Calle de los Pasos un eje que pronto unió el conjunto franciscano, la Escuela de Cristo, la antiquísima Parroquia de los Remedios y la Alameda del Calvario, llenando de vida y dinamismo el eje de la salida de la Ciudad hacia el Sur.

La Alameda del Calvario, fresca y agradable, decorada con la esplendida pila de campo y sus estaciones al lado oriente, albergó por varios años las tertulias y descansos de las familias de la Muy Noble y Muy Leal Santiago de los Caballeros, hasta 1773 cuando los terremotos obligaron a la Ciudad a dormir por algunos años.

En el siglo XIX, especialmente durante el gobierno del corregidor José María Palomo, La Antigua volvió a respirar aquellos días de lozanía y frescor, ahora convertida en la Pompeya del Trópico, pero llena de vida y deseos de seguir latiendo. Las tradiciones fueron completamente reactivadas, en las Capillas de los Pasos se veneraron nuevamente las Estaciones del Viacrucis, en algunas aún se conservaban imágenes de gran belleza, como el nazareno que se venera hoy en San Francisco el Grande.

Con ocasión del cuarto centenario de la Ciudad las capillas fueron restauradas, permitiendo que con un aire renacentista, formen parte hasta el día de hoy del imaginario que refleja el universo de sentimientos que anidan en sus cúpulas y cruces.

Inmersos en su mística, la madrugada del Viernes de Dolores hay que recorrerla con el Viacrucis de San Francisco. La tarde de Viernes Santo con la Escuela de Cristo, la calle se convierte en una Jerusalén que ve volver el cadáver de Cristo colocado en diáfana urna… O sencillamente, entrar a una de sus tiendas en una tarde lluviosa y degustar un higo en conserva, viendo el aguar deslizarse por los aleros para caer con sutil gracia saltarina y bruñir la piedra de las calles.

La Calle de los Pasos nos habla con cada imagen, en una vista a su eterno pasado en el inmenso presente…